Mi taller es ese lugar en el que las obras que surgen son propias del espacio y dialogan con el ambiente. Obras finalizadas, en proceso y otras inconclusas: me gusta verlas sin terminar, vencer esa resistencia de lo inmediato, saber soltar y volver para dar tiempo a que las cosas sucedan en su momento y lugar.
Así, la pintura se convierte en un acto espiritual y mágicamente surge la conexión con el espectador, esa percepción que te identifica con la obra y con el que la realizó también, quedando expuesta la identidad del artista, reflejada en su libertad de acción.
Fue un largo proceso encontrar ese espacio de identificación, conexión y expresión, pero puedo decir que los caminos que parecen inalcanzables, cuando llegan, se valoran y disfrutan de una manera especial.