POR JOSEFIN VAN DE GEY
Cuando cumplí 14 años, mi querido papá tomó la decisión de enviarme a conocer el mundo. Mientras que la costumbre de hacer intercambios es muy común en Alemania, aún soy muy joven para viajar sola. Sin embargo, luego de visitar una escuela para chicas en Australia, pude aprender mucho de mí misma, además de comprender el efecto que una sociedad patriarcal puede tener en las mujeres.
Secretamente, mi padre ya había elegido la institución educativa en la que sería interna por un año: St Hilda’s Anglican School for Girls, en Perth, al oeste de Australia. Yo estaba muy nerviosa, al punto de llorar en el avión, camino a mi nuevo destino, pensando en las chicas de la escuela y el miedo que me generaba que fueran malas conmigo por ser distinta.
Algo me hizo temer, imaginándolas como los personajes de películas como “Mean Girls”. Pero al llegar me di cuenta que estaba equivocada: desde el instante en que crucé la puerta, fueron las personas más amables que conocí, incluyéndome en su comunidad y dándome su apoyo y amistad.
En la ausencia de ciclos hiperactivos, estas niñas florecían. En clases, no había situaciones en que se sintieran menospreciadas por dar una respuesta incorrecta, quizás porque no había chicos para impresionar. Llegué a creer que tantas mujeres conviviendo en un mismo lugar significaría un odio mutuo y clandestino entre ellas. Pero no, no fue así: todas eran como hermanas, que compartían buenos y malos momentos, riéndose juntas, conteniéndose entre todas.
Fue una experiencia increíble, en especial para alguien como yo, que ya a esa edad tenía problemas de confianza. ¿Cómo era posible que nunca se pelearan? A partir de esto empecé a preguntarme si quizás no sería mejor para nosotras, siendo adolescentes, no tener contacto con hombres durante esta etapa de la vida; si el mundo sería un espacio distinto para el género femenino sin la presión de gustar a los chicos o ser simplemente la dama que todos esperan que seamos.